Los problemas de inseguridad del país afectaban mi rutina de trabajo y, más allá de eso, me hacían sentir vulnerable, ansiosa y hasta culpable.
Pensaba:
«¡Estás poniendo en riesgo tu vida sabiendo que tienes a dos niños en casa que dependen de tu bienestar, tu estabilidad y tu buen juicio!»
Pero también pensaba:
«Estás sola y tus hijos necesitan que seas fuerte para ellos. ¡Tú sabes que cargar con un padre o madre es devastador, no puedes hacerles eso!»
Vivía en un esfuerzo constante.
Intentaba dirigir una empresa, cuidar de mis empleados, sentirme satisfecha en mi rol de mamá, de mujer y de amiga; todo mientras transitaba la aceptación y el duelo de mi divorcio y de lo que siempre creí que sería "mi familia".
Era un ser humano tratando de resistir, tal como muchos en el mundo.
En mis relaciones, estaba atrapada entre mi deseo de poner límites y el temor de perder a las personas que quería y valoraba profundamente como parte de mí —hoy sé que tenía miedo de reconocer que mi lugar en sus vidas no era el que yo quería creer que tenía—.
Había una voz en mi cabeza que me decía que necesitaba dejar de responsabilizarme por lo que no me correspondía, que necesitaba reconocer que mis relaciones personales más significativas no eran ni auténticas ni satisfactorias, y que estaba esperando que otros me dieran el lugar y el buen trato que debía darme yo.
Esa voz me provocaba insomnio durante la noche, pero el miedo me paralizaba en los momentos en que debía cuestionar y confrontar.
Había días en los que amanecía inspirada, confiada.
Días en los que sentía que sí tenía la capacidad de darle un sentido de libertad, salud y plenitud a mis proyectos personales.
Sentía una fuerza interna que me impulsaba a contribuir a un propósito mayor, y una visión clara de mí misma incursionando en nuevos mercados, siendo libre y alegre; aplicando y compartiendo lo que había estudiado, aprendido y practicado como mujer, madre y empresaria.
Estos días —más adelante me di cuenta— coincidían con los periodos en que me apegaba a la práctica diaria de los ejercicios de UCDM.
Sin embargo, había otros en los que apenas podía levantarme, en los que terminaba el día sintiéndome físicamente agotada, mentalmente intranquila y emocionalmente alterada.
Sabía que estaba por entrar en una crisis intensa.
Finalmente, llegó el día en que resistir se volvió insoportable, insostenible.
No podía seguir engañándome: solo estaba en paz mientras corría —literal y simbólicamente—.
Sabía que me estaba autoengañando, que la persona a quien amaba me mantenía en la sombra.
Sabía también que mi trabajo —con la inseguridad— ya no me daba plenitud.
En las noches, cuando intentaba dormir, tenía una alergia tan fuerte que ya era inmune al medicamento.
Pero más allá de todo esto, sabía que
NO QUERÍA VOLVER ATRÁS.
Sabía que, aunque doliera y asustara, nada era peor que volver a repetir el mismo ciclo de ilusión, abandono, humillación, separación, miedo… y volver a empezar.
Confié temporalmente la operación de mis negocios a mi equipo de trabajo, vendí parte de mi maquinaria para mantenerme a mí y a mis hijos durante este periodo de duelo y crisis, me alejé de todo lo que conocía y me di el tiempo necesario para conocerme, para llorar, para sanar, para dejar ir, para elegir de nuevo.
Mi único compañero de tiempo completo en este proceso fue el Espíritu Santo, la Voz de UCDM.
Personas iban y venían, mi seguridad se fortalecía y se deterioraba, pero cuando más perdida me sentía, me volvía a encontrar.
Quizá esto suene religioso o esotérico, pero no lo es.
Esta es la verdad.
Y sigo siendo una mujer práctica, resolutiva y creyente de la necesidad intrínseca del Ser Humano de vivir y aplicar herramientas científicas.
De analizar, comprender y concluir; de traer al mundo tangible lo que es intangible o espiritual.
Y lo hago.
Pero finalmente sé y soy capaz de decir abiertamente que:
Ante todo y al final de nada, jamás estuve sola.
Habría sido imposible hacer esto por mi cuenta; definitivamente hubo muchas personas que la Vida puso en mi camino, y más allá de eso, hubo Algo o Alguien que me acompañó en las noches más oscuras y en los momentos más intensos.
De esto no tengo duda y no volveré a tenerla jamás.
Hoy es algo que sé, no algo que creo.
– Ana Cecilia Garza.
Actualmente soy una mujer de 41 años que tiene paz en su mente y certeza en su corazón.
Disfruto de ser madre de dos hijos maravillosos en los que confío plenamente y a los que amo infinitamente.
Soy un ser humano que se da tiempo de convivir consigo misma, para hacer ejercicio, para crear, trabajar y divertirse.
Además, he puesto orden en mi vida.
Reconozco que estoy en un proceso de aprendizaje continuo y que soy yo quien elige mis relaciones, mis límites y mis prioridades.
Que soy yo quien decide a quién escuchar, a quién hablar y lo que desea conservar y dejar ir.